LA VOZ 25 de abril de 2014
El reciente fervor por las bicicletas, ya integradas en el paisaje urbano de media Europa, ha generado nuevas necesidades en el ser humano moderno, fanático de llevar hasta el extremo sus gustos y aficiones. Hace cuatro años, en España, los viandantes se daban la vuelta asombrados cuando una bicicleta hacía competencia a su ágil paseo y les adelantaba por la izquierda. Algunos sonreían, levantaban las cejas y, si el vehículo de dos ruedas en cuestión contaba con un cesto delantero de mimbre, incluso se arrancaban simpáticamente a silbar la sintonía deVerano Azul. En el 2014, el escenario es completamente diferente. La ciudad ya no se entiende sin bicicletas. Los catálogos de moda, los videoclips de las bandas más independientes, los restaurantes de diseño, ya no se entienden sin bicicletas. Y, proclamada como el nuevo medio de transporte por excelencia, más estética que prácticamente -sobre todo en determinados puntos del mapa donde la lluvia es la mejor amiga del ciudadano-, reclama su sitio también las rutinas culturales y de ocio de sus dueños. De la conjunción de esta fiebre enfermiza por el pedaleo -mezcla de afición deportiva y «postureo»- y del idilio del hombre por los bares nacen los Cycles Cafe, locales que se entregan en cuerpo y alma al estilo de vida ciclista. Que tiemblen los Starbucks.







