Hoste, Estadea, As da Noite, Estántiga, Antaruxada, Rolda. Incluso Cita. Pero no Santa Compaña, nunca Santa Compaña, sino simplemente Compaña. Así, a secas. Estas son algunas de las muchas denominaciones que la procesión de ánimas que cada noche recorre las parroquias de Galicia recibe en la cultura tradicional del lejano oeste peninsular. El complemento beatífico que ha acabado imponiéndose en el imaginario colectivo es hijo de la literatura y de un puñado de autores, pero no del pueblo que dio carta de naturaleza a esta evanescente manifestación de la ultratumba, para quien el desfile nocturno de los muertos podía sugerir cualquier cosa menos un síntoma de santidad.
El caso es que, desde hace cuatro meses, un rincón del casco histórico de Cambados rinde homenaje escultórico a las criaturas más célebres de la fértil imaginación galaica. Con permiso de meigas y mouros, claro. El ciclo de la noche y el día juega en este lugar con ciertas paradojas. El conjunto, obra del escultor Lucas Míguez, habita los jardines de la biblioteca municipal. A la luz del sol o a la sombra de las nubes es posible visitarlo de cerca y enfrentarse cara a cara con las figuras, de tamaño real, que visten sus correspondientes sudarios. Lo malo es que, cuando cae la noche y llega su verdadero momento, las puertas del recinto se cierran a cal y canto, impidiendo el paso a su interior. Por fortuna, un amplio enrejado permite seguir contemplando entonces a la Compaña, a la que una inteligente iluminación confiere un carácter particularmente inquietante.







