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MÚSICA variada

sábado, 18 de julio de 2026

El discreto encanto de la ultratumba

Un conjunto escultórico rinde homenaje a la mal llamada Santa Compaña en un rincón del casco histórico de Cambados. Nada mejor que el anochecer para enfrentarse sin riesgo al desfile de las ánimas
Serxio González, REDACCIÓN / LA VOZ
Santa Compaña del escultor Lucas Miguez en el jardín de la biblioteca Luis Rei de Cambados M. IRAGO
Hoste, Estadea, As da Noite, Estántiga, Antaruxada, Rolda. Incluso Cita. Pero no Santa Compaña, nunca Santa Compaña, sino simplemente Compaña. Así, a secas. Estas son algunas de las muchas denominaciones que la procesión de ánimas que cada noche recorre las parroquias de Galicia recibe en la cultura tradicional del lejano oeste peninsular. El complemento beatífico que ha acabado imponiéndose en el imaginario colectivo es hijo de la literatura y de un puñado de autores, pero no del pueblo que dio carta de naturaleza a esta evanescente manifestación de la ultratumba, para quien el desfile nocturno de los muertos podía sugerir cualquier cosa menos un síntoma de santidad. 
El caso es que, desde hace cuatro meses, un rincón del casco histórico de Cambados rinde homenaje escultórico a las criaturas más célebres de la fértil imaginación galaica. Con permiso de meigas y mouros, claro. El ciclo de la noche y el día juega en este lugar con ciertas paradojas. El conjunto, obra del escultor Lucas Míguez, habita los jardines de la biblioteca municipal. A la luz del sol o a la sombra de las nubes es posible visitarlo de cerca y enfrentarse cara a cara con las figuras, de tamaño real, que visten sus correspondientes sudarios. Lo malo es que, cuando cae la noche y llega su verdadero momento, las puertas del recinto se cierran a cal y canto, impidiendo el paso a su interior. Por fortuna, un amplio enrejado permite seguir contemplando entonces a la Compaña, a la que una inteligente iluminación confiere un carácter particularmente inquietante. 
Aunque sobran las razones para dejarse caer por las ruelas de granito de Cambados, esta oportunidad de verles las costuras a las ánimas, sin correr el riesgo de que la persona viva que siempre encabeza la procesión le transfiera a uno el marrón de la cruz y el caldeiro con agua bendita, es de las que merecen la pena. Pese a permitirse alguna licencia, la iconografía reflejada en la Hoste contiene lo que tiene que contener. 
Son siete los muertos que han sido convocados, tal vez llamados a levantarse por el más veterano del cementerio. El primero, queda dicho, es un vivo que en alguna madrugada infausta habrá sido sorprendido en los caminos y obligado a asumir el relevo de su predecesor. Aquí tomen nota. Para evitarlo conviene tener las manos ocupadas —si es con pan o algún diente de ajo, mel nas filloas—, cruzar los brazos o, mejor incluso, tener tiempo de dibujar un círculo en el suelo para refugiarse en su interior. Tumbarse boca abajo también resulta efectivo, pero quien apueste por ello debe saber que lo más probable es que la procesión entera le pase por encima, provocándole magulladuras sin nombre. La segunda de las figuras ojea un libro —¿acaso el Ciprianillo?—; la tercera porta un candil; la cuarta empuña una guadaña; la quinta aferra un cirio; la sexta mece otro farol; la séptima, sencillamente, se lleva las manos a la cabeza. Mientras el sol se oculta, un gato se acicala a los pies del club de la osamenta con la absoluta tranquilidad de quien pertenece a la misma parroquia. El octavo pasajero es peludo y de color negro.

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