alberto mahía, A CORUÑA / LA VOZ, 27 jun 2026
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| Diego Novo, propietario del inmueble que acogió Casa Canosa / MARCOS MÍGUEZ |
Un anuncio publicitario de los de antes, de los que se hacían con azulejos que pintaban los grandes maestros del siglo XIX, sobrevive en una tasca abandonada de la avenida de Fisterra, a la altura del 438, entre A Moura y el desvío a Bens. Está ahí, de la mano de Dios, de temporales, del ardiente sol y del humo de coches y camiones. Casi nadie sabe lo que ahí se expone frente a la carretera como si fuera cualquier cosa una joya creada por uno de los más prestigiosos artistas de la época, Enrique Guijo (Córdoba, 1871-Madrid, 1945).
Ahí estuvo durante unos 110 años y sigue estando. Pero nunca se contó hasta que por ahí pasó hace una semana el humorista gráfico de La Voz Carlos López, la mitad de Pinto & Chinto. Paseando por la zona se fijó en el anuncio y vio la firma del autor. Se llevó las manos a la cabeza cuando comprobó de quién se trataba. No se lo podía creer. Se preguntó qué hacía en una tasca abandonada una obra del genial pintor y ceramista, cuyo legado está expuesto en multitud de museos y hasta en las viejas estaciones de metro de Madrid, que aún conservan su obra como oro en paño.
Tras el sorprendente hallazgo, había que investigar cómo llegó ahí semejante tesoro. Pero olvídense. Tras un trabajo de campo, nadie pudo responder a la pregunta del millón: ¿Quién contrató al genial artista para anunciar un jerez en una casa de comidas? No hay una respuesta exacta. Solo sospechas. Diego Novo, el nieto de las personas que a principios de 1900 abrieron la popular Casa Canosa, ni lo recuerda porque no había nacido, ni se lo contaron luego sus abuelos. «Podría ser que Quina, una marca de jerez, contratase a Enrique Guijo los mosaicos publicitarios para ponerlos en las fachadas de las más reconocidas casas de comida», supone Diego Novo. La posibilidad de que sus propios abuelos llamasen al artista para ilustrar la fachada «no parece real».
Lo que sí sabe es que Casa Canosa, cuando abrió sus puertas a principios de 1900, era un lugar «de alto copete que frecuentaban la burguesía de toda la ciudad y personas ilustres para tomar, por encima de todo, marisco, principalmente almejas, y callos», cuenta el actual propietario del inmueble. Tanta fama tenía ese establecimiento ubicado en la carretera que lleva a Arteixo que cuando sus abuelos dieron paso a sus padres, «ya en 1960, o por ahí», el dictador Francisco Franco y su esposa, «cuando venían a pasar el verano al pazo de Meirás, siempre venían dos veces en ese período a comer a Casa Canosa». Desconoce si pagaban o no, o si les cobraban o invitaban.
Los padres de Diego Novo cerraron en 1976 y el negocio se mantuvo sin actividad hasta 10 años después, cuando se abrió de nuevo con el nombre familiar (bar Novo). Luego se traspasó a una familia, que también le cambió el rótulo para poner Casa Arzúa, letrero que todavía sigue ahí, pese a que se abandonó hace diez años. Recuerda Diego Novo que en una ocasión llamó a su puerta un madrileño interesándose por el mosaico. «Ni siquiera le pregunté cuánto estaba dispuesto a pagar por él. Rechacé la oferta sin saber que era tan valioso».
Un autor cuyas obras se exponen en museos, icónicos edificios y palacios
Enrique Guijo Navarro, espíritu del Renacimiento, como bien le definió su amigo Manuel Machado, fue pintor, decorador, ceramista, restaurador… Uno de los artistas más reconocidos de su época. Nació en Córdoba en 1871. A la muerte de su padre, dejó de estudiar y buscó mejor vida en Sevilla. En su primer empleo, en el taller del escenógrafo Antonio Matarredoma, se inició en el arte del dibujo y la pintura. De allí pasó a una fábrica de cerámica y finalmente al taller de Manuel Rodríguez donde definitivamente se formó en el arte de la cerámica.
Hacia 1898 se trasladó a Madrid. Ahí conoció, entre otros intelectuales, a dos personas que más adelante serían muy importantes en su vida: Francisco Alcántara, futuro director de la Escuela de Cerámica, y Manuel Machado, futuro director del Museo Municipal. En aquella etapa trabajó como pintor decorador de algunos palacios, uno de ellos el de Medinaceli. En 1907 viajó a Talavera a probar fortuna y allí conoció a Juan Ruiz de Luna. Juntos fundaron la Fábrica de Cerámica Artística Nuestra Señora del Prado. Ahí le regaló a su amigo Joaquín Sorolla una de sus obras, hoy expuesta en el Museo Sorolla.
Regresó a Madrid en 1910 con el fin de ocupar una plaza de profesor de la Escuela de Cerámica. El artista instaló un taller en la calle Mayor del que salieron numerosas obras, anuncios para tiendas y para el Metro de Madrid, casi todo desaparecido, de ahí la importancia que tiene el mosaico de Casa Canosa.
Mosaicos publicitarios
Por entonces la publicidad era una novedad. Como indica uno de los pequeños letreros del museo, la mayor parte de los anuncios realizados para el Metropolitano los realizaron Enrique Guijo y Alfonso Romero, en algunos casos con la firma del taller, E. Guijo.
Los autores que han estudiado su obra coinciden en que fue un gran rotulista. De esta faceta existe un precioso ejemplo en la Travesía del Arenal, en la antiquísima Librería de los Bibliófilos Españoles. U otros muy reconocidos en la célebre taberna madrileña de Los Gabrieles, conocido como «la Capilla Sixtina del azulejo».

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