Nacho Castañón, 24 febrero 2026
La contaminación del mar sigue siendo uno de los grandes desafíos ambientales, con millones de toneladas de plástico que se acumulan tanto en superficie como en el fondo marino. Desde hace tiempo, se ha recurrido a la tecnología para combatir esta situación, con inventos como redes gigantes, robots autónomos o un nuevo material que se disuelve en el agua.
Un equipo de investigadores de RIKEN Center for Emergent Matter Science, uno de los centros punteros en ciencia de materiales de Japón, ha desarrollado un plástico transparente y resistente hecho de plantas que se desintegra por completo en el agua del mar en cuestión de horas sin dejar residuos tóxicos ni microplásticos.
Este invento llega con el objetivo de reducir la contaminación por plásticos en el mar, presentes en playas y en el agua, y que también suponen una importante amenaza para la fauna marina. Y es que estos animales se pueden enredar en ellos o confundir los fragmentos pequeños con comida, lo que puede provocar su muerte.
Un proyecto que ha sido liderado por el investigador Takuzo Aida y que apunta directamente a envases cotidianos o bolsas, que podrían fabricarse con este nuevo material vegetal en lugar de plástico tradicional, que se termina dispersando en el agua debido a la radiación solar, el oleaje y el desgaste mecánico.
Se disuelve en horas
El nuevo plástico vegetal se centra en la celulosa, que es un polímero natural que se encuentra en todas las plantas y árboles. En su estudio, publicado en la revista científica ACS Publications, los investigadores emplearon carboximetilcelulosa.
![]() |
Esquema de la celulosa utilizada en el plástico vegetal. ACS Publications Omicrono |
Se trata de un derivado de la celulosa que se produce a escala industrial y que se suele emplear como espesante en una variedad de sectores. La clave de este plástico vegetal es que los investigadores usaron polimerización iónica, que es un proceso que permite formar el plástico en agua, sin disolventes y a temperatura ambiente.
También añadieron una molécula con carga positiva que se encarga de unir los puntos ácidos de la celulosa para crear una red entrecruzada que es la que aporta rigidez, resistencia y estabilidad al plástico vegetal.
Pero al entrar en contacto con el agua del mar, que contiene sal, sodio y cloruros, este plástico se ve debilitado y se va deshaciendo. Para evitar que esto suceda antes de tiempo, los investigadores añadieron al material un recubrimiento de barrera muy fino, que permite que resista durante un tiempo, pero no de forma indefinida si termina en el océano.
De hecho, se disuelve en horas al entrar en contacto con el agua salada. Los investigadores explican en su estudio que las primeras versiones del plástico vegetal eran resistentes, pero muy frágiles debido a que la celulosa no es rígida. Para solventarlo añadieron cloruro de colina, que es un plastificante que permite que las cadenas poliméricas se deslicen y no se rompan.
El material puede formularse como lámina rígida o film flexible y, en ensayos mecánicos, algunas variantes se estiraron hasta un 130% antes de romperse, valores aptos para envases ligeros. También se obtuvieron películas transparentes de 0,07 mm de grosor, finas, manejables y muy similares a los plásticos convencionales.
El equipo fabricó una bolsa ligera para frutas y verduras y comprobó, en pruebas sencillas, que podía transportar tomates sin romperse. Este tipo de bolsas se encuentran entre los principales residuos que terminan en el mar.
Sin microplásticos
Una de las claves de este plástico vegetal es que se disuelve al completo, por lo que no hay fragmentación progresiva ni, por tanto, microplásticos; algo que se ha comprobado en pruebas de laboratorio. Además, los investigadores señalan que este invento es reciclable en circuito cerrado.
Esto quiere decir que los componentes disueltos se pueden recuperar añadiendo un electrolito que vuelve a unirlos, pudiendo fabricar así el mismo material. Sin embargo, que el nuevo plástico vegetal se disuelva con rapidez en el mar no implica que ese deba ser su destino. Simplemente actúa como red de seguridad, no como sistema de gestión.
Este trabajo también refuerza la urgente necesidad de poner a prueba los materiales en condiciones reales y de analizar no solo si se degradan, sino qué residuos generan y si esos subproductos resultan seguros para los ecosistemas.
Cabe recordar que los microplásticos se han convertido en uno de los contaminantes más ubicuos del océano: estos proceden de la fragmentación de envases, fibras sintéticas de la ropa, neumáticos o cosméticos. Su tamaño, a menudo inferior a 5 milímetros, hace que pasen desapercibidos a simple vista y que escapen a la mayoría de sistemas tradicionales de recogida de basura marina.
En el mar, estos fragmentos actúan como esponjas químicas que pueden adsorber contaminantes presentes en el agua y transportarlos largas distancias. Por lo que este plástico vegetal podría reducir una parte de la contaminación asociada a determinados envases y bolsas.


No hay comentarios:
Publicar un comentario