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| El propietario del local, Aurelio Esmorís, con sus famosos churros. / Carlos Pardellas |
Hay locales tan emblemáticos que casi se puede decir que uno no es coruñés si no ha pasado por ellos. Son pocos, por ejemplo, los que no se hayan tomado un café en el Manhattan, hayan disfrutado de unas tapas en La Bombilla o hayan caído en algunas de las tentaciones de la ya desaparecida Confitería Glaccé.
Cuando se habla de dulces, sin embargo, en A Coruña hay un claro ganador que se impone especialmente en los días de invierno. Los churros con chocolate son el plato estrella en los desayunos de la ciudad, a los que ni siquiera pueden hacer sombra los modernos brunch que proliferan en los últimos años.
Su elaboración requiere cariño y ese toque de magia que da la experiencia. Y en eso está versado uno de los locales más antiguos del oficio churrero, El Timón, que ha cumplido ocho décadas surtiendo de este manjar a los coruñeses.
Su propietario, Aurelio Esmorís, sigue al pie del cañón a sus 68 años. "Estoy jubilado, pero sigo viniendo para mantener esto en pie. Si me falta un trabajador, entro yo a poner cafeteras y hacer churros", dice orgulloso.
Los churros que hacen madrugar a media A Coruña
El secreto para prepararlos no es otro que una buena materia prima trabajada con mimo. "Yo hago la masa como los demás. Pero, si tienes un buen producto y lo tratas bien, vas a tener calidad", explica.
Su chocolate, por ejemplo, "es de una marca coruñesa fantástica", por el que ha recibido cumplidos de los verdaderos expertos en la materia. "Hace poco una chica belga nos dijo que teníamos un buen chocolate. Eso sí es un cumplido", cuenta Esmorís, que despacha cerca de 350 kilos de cacao en una semana de invierno.
Los churros le van a la zaga incluso en verano. La media de unos siete días en el periodo estival asciende a la friolera de 40 kilos de estos dulces, por los que muchos hacen cola, sobre todo, en el amanecer del sábado y el domingo.
Aunque el local "es pequeño" y "no siempre está lleno", la opción del takeaway ha ayudado a impulsar el negocio, que ha vivido toda una evolución desde que empezó su andadura. En 1945, cuando comenzó en el Estadio de Riazor, El Timón era una churrería ambulante y estacional, que apagaba sus fogones en octubre a favor de las castañas.
"Nosotros vendemos más en invierno, pero, curiosamente, mi padre solo lo hacía en verano. En octubre, por San Froilán, sacaba el carro de castañas que guardaba en la antigua plaza de toros y en primavera empezaba con la barraca de los churros", cuenta el dueño.
Medio siglo endulzando Cuatro Caminos
Con el tiempo, esta histórica churrería coruñesa se estableció en el que sería su primer hogar fijo: la Plaza de la Palloza. Allí estuvo desde 1956, hasta que tuvo que marcharse por las obras de remodelación del enclave.
Este mes de junio, El Timón cumplirá 50 años en su actual sede en el número 18 de Ramón y Cajal. Es justo en el que Esmorís se estrenó como churrero para ayudar a su padre con el agotador día a día del negocio. "Yo estaba estudiando arquitectura y él me pedía que le fuera a echar una mano. Y me quedé. No volví ni a por las notas", recuerda el propietario, que ha tenido que echar muchas horas para mantener el establecimiento.
Durante el tiempo que lleva al frente del mismo, ha tenido como cliente a figuras tan reconocidas como el empresario Amancio Ortega y ha lidiado con paciencia con una de las mayores rivalidades de A Coruña: ser de Bonilla o de El Timón. "Tengo clientes que son muy amigos de Bonilla. Los dos llevamos muchos años metidos en esto", dice, añadiendo que prácticamente todo el sector del churro de la ciudad usa, al final, "las mismas materias primas".
Para venderlas, eso sí, se necesita tiempo y un esfuerzo constante. "Es difícil estar 80 años en la brecha. Abrimos a las seis y media de la mañana todos los días, no puedes simplemente no dar servicio", explica Esmorís
El empresario agradece no estar solo para culminar las maratonianas jornadas de la churrería, en las que le acompaña lo que define como "un equipo estupendo". Unos empleados que serán, probablemente, quienes cojan el timón del local que lleva dirigiendo tantos años. "No tengo descendientes que sigan con esto, pero no quiero dejar morir el negocio. Seguirán los trabajadores por su cuenta", concluye.

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